Javier y Pedro trabajaron juntos durante una década, colocando revestimientos en casas. Eran buenos amigos, pero ninguno hablaba mucho. Mientras trabajaban, apenas pronunciaban palabra. Pero se conocían tan bien que eso rara vez era un problema. Podían comunicarse con un simple asentimiento de cabeza o una mirada. Pequeños gestos decían una enormidad.
Hace unos años, nuestra iglesia acogió a refugiados que huían de su país debido a un cambio en el liderazgo político. Familias enteras llegaron con solo lo que podían llevar en una pequeña bolsa. Varias familias de nuestra iglesia abrieron sus hogares, algunas con muy poco espacio disponible.
Diogneto, un pagano del siglo ii, notó que los seguidores de Cristo «día a día aumentan más y más», a pesar de la persecución constante que soportaban a manos de los romanos. Le preguntó a un creyente en Jesús por qué. En un documento conocido como Carta a Diogneto, ese padre de la iglesia primitiva le respondió: «¿No ves que cuanto más se los castiga, tanto más abundan? Esta no es la obra del hombre; es el poder de Dios».
En 1947, al disolverse el Imperio Británico de la India, más de quince millones de personas migraron por motivos religiosos. La crisis se agravó por las inundaciones monzónicas y la propagación de enfermedades, y más de un millón de refugiados murieron.
Cuando Carla era joven, pensaba que su madre tenía un don extraordinario para reconocer a otras personas. Pero la extraordinaria era Carla. Tenía un trastorno raro llamado prosopagnosia: no podía reconocer ni recordar rostros.
En 304 d.C., el emperador romano Maximiano entró victorioso en la ciudad de Nicomedia. Se organizaron desfiles mientras los ciudadanos se reunían para agradecer a dioses paganos por la victoria… todos excepto una iglesia llena de personas que adoraban al único Dios verdadero. Maximiano entró en la iglesia con un ultimátum: renunciar a la fe en Cristo para escapar del castigo. Se negaron, y todos fueron asesinados cuando el emperador ordenó que incendiaran la iglesia con los creyentes adentro.
Manuel llegaba tarde a la iglesia y estaba atascado en un semáforo en rojo. Mientras esperaba impaciente, su hija vio a una mujer varada que trataba de reparar un neumático. «Papá, tú eres bueno cambiando neumáticos —dijo—. ¿La vas a ayudar?». Manuel ahora iba a llegar muy tarde, pero sabía que eso era una asignación divina. Se detuvo para ayudar, e incluso invitó a la conductora a la iglesia.
A los 51 años de edad, Ynes Mexia (1870-1938) decidió estudiar botánica en la universidad. Durante sus trece años de profesión, recorrió América del Sur y Central, descubriendo 500 especies nuevas de plantas. No es la única que lo ha hecho. Los científicos descubren casi 2.000 plantas nuevas cada año.
Cuando los padres de Abigail murieron en un accidente automovilístico, ella heredó muchas posesiones. También se enteró de que ellos habían arreglado para colocar todo en un fideicomiso. Por el momento, solo podría acceder al dinero suficiente para la cuota de la universidad. El resto llegaría cuando fuera mayor. Abigail estaba frustrada, pero después se dio cuenta de la sabiduría de sus padres al planear esa entrega mesurada.
Cuando construimos nuestra casa, fue en un lote vacío y bastante fangoso. Necesitábamos césped, árboles y arbustos para combinar con las estribaciones de Oregón circundantes. Cuando saqué mis herramientas de jardín y empecé a trabajar, pensé en el primer huerto que aguardaba a los humanos: «toda planta del campo antes que fuese en la tierra, […] ni había hombre para que labrase la tierra» (Génesis 2:5).